Asociación Cultural Faceira

Manuel Cuenya y ‘La Fragua de Furil’

Hace algo más de un mes salió a la venta el último libro de Manuel Cuenya. Publicamos aquí el reportaje y la entrevista que realizó Emilio Gancedo sobre este autor, que tanto ha trabajado (y en ello sigue) por la cultura leonesa. También Abel Aparicio escribe sobre él en su blog.

He hecho este libro con el alma y las entrañas, como hay que escribir

Dice el refrán que ‘en días de agua, taberna o fragua’ y aunque ayer no llovía sobre la ciudad, hacía bien de frío y el respetable agradeció el cálido ambiente de camaradería, de cordial filandón, que se creó en el Club de Prensa del Diario de León, donde el escritor Manuel Cuenya presentó La fragua de Furil, recopilación de columnas publicadas en este periódico y que contó con la presencia del director del Diario, Pablo R. Lago, y del columnista Pedro Trapiello.

Ante una concurrencia en la que destacaba la acusada presencia de paisanos altobercianos —Cuenya hace gala de ser de Noceda en sus artículos y allá por donde va—, Pablo R. Lago presentó a Manuel Cuenya como colaborador «magnífico, tenaz y brillante», que ha tenido la «acertada idea» de recopilar algunos de sus mejores artículos «para que no se pierdan en el olvido de las hemerotecas». Unos textos de calidad que sirven también de necesaria contrapartida, reflexionó, ante el periodismo «veloz, fugaz y apresurado» que inunda hoy los medios. Lago ensalzó la condensación de las columnas de Cuenya y citó a Manuel Rivas cuando éste recordaba que un pie de foto de Álvaro Cunqueiro podía encerrar «todo un editorial».

Pero el director del periódico también encontró tiempo para dedicar un sentido recuerdo al fallecido y añorado Vicente Pueyo, jefe de Opinión que fue de Diario de León, y encargado de exigir a los columnistas que coordinaba las dosis de «perfección y de calidad» que, todo sea dicho, siempre ponía él en todo aquello que escribía.

En pro de la cultura popular. Por su parte, el escritor y colaborador del Diario Pedro Trapiello recalcó lo «buenísima gente» que es Manuel Cuenya, detalle que sí compete a su literatura, puesto que, a su juicio, «a la gente buena se le arriman las palabras buenas». Pero Trapiello habló también de la querencia de Cuenya por las cosas de su pueblo y su comarca, como editor de la revista cultural La Curuja, donde se preocupa por recuperar palabras, estampas, personajes… aquella cultura «que tan vergonzosa o vergonzantemente los leoneses estamos perdiendo», incidió Trapiello, subrayando que a Cuenya le preocupa sobremanera «aquello que se nos muere».

Y como todo leonés, aseguró el autor de Una ciudad de sotas, caballos y reyes, «prefiere hacer que mandar, y prefiere estarse días bruñendo un pedazo de hierro para hacer un cuchillo a tener que comprarlo», invitó en ese momento a los presentes a una «cata literaria», una lectura en directo, de artículos entresacados de las dos partes de La fragua de Furil (una, ‘la del lado de acá’, versa sobre temas bercianos en particular y leoneses en general; y la otra, ‘la del lado de allá’, sobre asuntos universales y viajes, que tan queridos son para Manuel Cuenya).


A continuación, el protagonista del acto recordó cómo aquella vieja fragua de Noceda, de la saga de los Furiles, le sirvió para dar nombre a sus columnas a modo de lugar emocional «en el que se forjan sueños e ilusiones» por el «herrero-alquimista». Y así, esos textos han sido «horneados a fuego lento» para ser ofrecidos al lector «como si fuera un hojaldre», ejemplificó Cuenya, quien confesó haber escrito los artículos «con el alma y las entrañas, como hay que escribir», y «sin aspavientos ni artificios», amén de, siempre, con el «hilo conductor del viaje», que anuda el Bierzo con lugares tan alejados como Marrakech o La Habana. Y si todo escritor aspira a ver su libro en sociedad arropado por la gente que quiere, ayer, Cuenya, viajero en busca de emociones, encuentros, paisajes y paisanajes, era un hombre feliz al verse rodeado de amigos y de lectores.

Al viajar, uno se convierte en una persona mejor

De los estertores de la minería leonesa al esplendor antiguo y bullicioso de Ciudad de México; de la festiva cultura del vino berciana al aroma «a sardina asada, bacalao y fado» de la capital portuguesa, Manuel Cuenya (Noceda del Bierzo, 1967) salta de un paisaje a otro, y de una vivencia a otra —océano Atlántico de por medio, tantas veces— en La fragua de Furil, el libro que reúne algunas de sus mejores columnas publicadas bajo ese sugerente nombre y que hoy presenta en el Club de Prensa del Diario de León junto a Pablo Lago, director del periódico, y al columnista Pedro Trapiello.

—¿Qué criterio seguiste a la hora de entresacar las columnas que componen este libro, y que tan heterogéneas son?

—Se hizo en función de la vigencia y de la actualidad, recogiendo aquellas que han resistido mejor el paso del tiempo, muchas veces por abordar temas universales. En concreto, el libro se divide en dos partes: ‘Del lado de acá’, sobre temas relacionados con la comarca del Bierzo y con toda la provincia leonesa; y ‘Del lado de allá’, que son artículos dedicados a asuntos más amplios y a viajes por todo el mundo.

—Esos viajes que cuajan todo el libro, no en vano, has sido y eres un gran viajero…

—Sí, ese es es uno de los temas recurrentes en las columnas junto al concepto de frontera, más concretamente la necesidad de eliminarla, a veces me imagino como un nómada o un gaucho que no entiende de aduanas y que pasa de unos países a otros con total facilidad. Otros temas presentes son la muerte, la memoria, el amor, los sueños… En definitiva, el eros y el tánatos, que resumen toda la historia de la Literatura. Pero sí, el viaje para mí es importantísimo, de hecho mantengo que, al viajar, uno se hace mejor persona. En este libro, por ejemplo, hay referencias a periplos por Dublín, La Habana, Argentina, París, México, Cracovia, Roma, Egipto, Marruecos… El viaje es, al menos para mí, una filosofía de vida.

—¿Por qué escribir columnas de opinión, qué se consigue con ellas?

—En mi caso, plasmar mi visión del mundo a partir de mi experiencia personal, de mi situación particular, de mi óptica berciana y leonesa. Eso se consigue, sobre todo, al contrastar esta realidad nuestra con otras realidades: confrontando lo nuestro con lo de los demás nos conoceremos mejor a nosotros mismos. Además, una columna, si es redonda, si está bien hilada, si tiene un buen principio y un buen final, es también una pieza perfecta de reflexión, encierra la esencia de una idea, a la manera de un microrrelato. En mi caso, intento que el estilo se acerque a la prosa poética y que contenga, siempre, algún tipo de emoción. Es la depuración que practicaban maestros como Umbral o Rulfo.

—Una curiosidad: ¿Dónde está la ‘Fragua de Furil’?

—Era un lugar que existía realmente en Noceda del Bierzo, mi pueblo, mi útero, como digo yo. Pertenecía a una saga que así se apodaba y que era además algo familia mía. Ya desapareció, cosas de la modernidad, pero aún así me recuerda toda esa energía espiritual, esa fecundidad, esa renovación y purificación que tienen las fraguas, con el herrero en ellas, ese personaje medio alquimista, todo ello me parecía muy sugerente y sonoro, idóneo para bautizar la columna y el libro entero, editado por el Instituto de Estudios Bercianos con la colaboración de Diario de León.

—¿Algunas columnas de las que estés especialmente orgulloso?

—Pues aquella en la que hablaba de la minería berciana y en general leonesa, que supone una parte muy importante de nuestra historia, diciendo claramente cómo algunos empresarios mineros se han venido aprovechado del trabajo de mucha gente para enriquecerse sin reinvertir lo conseguido. Eso en lo que respecta a los temas de acá. En los de allá, una reflexión que hice sobre Ciudad de México (En el ombligo de la luna), sobre ese país fascinante, con una cultura tan extraordinaria y tan excelentes literatos, tan hermanado con el nuestro, pero a la vez tan desvalijado por sus gobernantes.

—¿Cuál es la clave de una buena columna, de una columna ‘redonda’?

—Desde mi punto de vista, la clave está en cómo hacer una reflexión, una idea, inteligible y emocionante para el lector. Porque, si lo pensamos bien, ya está todo escrito, la cuestión está en cómo decirlo de nuevo, cómo volver a emocionar, a conmover al lector.

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