Asociación Cultural Faceira

FONCEBADÓN, UNA FERVENCIA EN EL CAMINO

Abel Aparicio, febrero de 2012.

Son muchas las veces que escucho decir «Este fin de semana estuve en la Cascada de la Fervencia», o veo escrito en carteles oficiales, periódicos o en internet «Cascada de la Fervencia». Hasta hace poco tiempo desconocía que fervencia fuese una palabra propia del leonés, cuya traducción al castellano es cascada. Por lo que, al decir «Cascada de la Fervencia», estaríamos diciendo «Cascada de la Cascada».

Esta forma de redundancia toponímica no es nueva, y ocurre de manera natural cuando los hablantes dejan de conocer el significado de una palabra. Para referirse a lo mismo, pasan a emplear otra voz con idéntico significado, que en ocasiones se añade a la anterior. Pero este no sería el caso, ya que los habitantes de Foncebadón sí conocen el significado de la palabra fervencia. Aquí el problema radica en que a causa de la desprotección y del nulo estudio por parte de los organismos oficiales de toda una lengua —en este caso la leonesa— y de la toponimia en ella fraguada, a la hora de poner carteles o imprimir mapas no se consulta a los habitantes de cada zona, que son los depositarios de un conocimiento secular del territorio.

Intrigado con el asunto de la toponimia de Foncebadón a raíz de conocer que fervencia es leonés, hace un año encuesté a los tíos de un amigo. Sus nombres son Avelino y Benita Serafín, ambos naturales de Foncebadón. Avelino estuvo viviendo en el pueblo hasta los 32 años y ella emigró más joven, a los 16. Estas Navidades decidí acabar el trabajo que había empezado y me acerqué de nuevo a su casa de Astorga para que me dijesen el nombre del resto de las zonas de Foncebadón que en la primera entrevista no anoté.

Cuando llegó el momento de referirse a la fervencia, lo que escuché en palabras de Avelino fue esto: «Aquí siempre se sintió decir El Pozo la Fervencia, no sé de dónde sacan ahora lo de llamarle «Cascada de la Fervencia», mientras su hermana asentía.

Pero no sólo eso: Avelino y Benita me dijeron el nombre de más de cien zonas en las que se divide su pueblo, la inmensa mayoría de las cuales sigue manteniendo su topónimo en leonés. Claros ejemplos de ello son El Prao de la Lloba (de la loba), El Prao del Vieyo (del viejo), Las Llameras de la Fuente (llama o llamera en leonés es una zona húmeda, generalmente de prados), Las Tierras del Espantayu (espantajo, espantapájaros), L’Acebal (lugar donde hay acebos), La Mata las Artigas (artiga, terreno que se gana al monte quemándolo y rompiéndolo), El Reguero las Muévedas (muéveda, desprendimiento o avalancha de nieve), La Degullada (collada o paso entre dos alturas), Las Tierras de la Chanada (una chana o chanada es una zona llana), más un largo etcétera.

Seguí hablando con ellos sobre los pueblos de alrededor y los largos paseos que daban cuando vivían por allí, como por ejemplo Mataveneiro (Matavenero), Villaciervos (Villar de Ciervos) o Funfría (Fonfría).

Como pueden ver, preguntando por estos nombres, podemos conocer por qué a una zona se le llama de una forma determinada. Ahí, entre otras muchas, radica la importancia de conocer una lengua, con sus características y rasgos, alejados de intereses políticos que no dejan de ser efímeros. Conociendo un poco la lengua leonesa, conoceremos un poco más la tierra que pisamos y lo que de ella se escribe, así como muchas de las palabras que usan nuestros abuelos, tíos, padres y, aunque no nos demos cuenta, nosotros mismos, al utilizar términos como falispas de nieve, arramar, manzana roya, filandón, o nombres de pueblos como Fontoria de Cepeda (Fontoria, fuente de oro) o Braña (pasto o prado alto).

La lengua sirve para eso, para entendernos con nuestros semejantes y para entender a nuestros semejantes. No queramos destruir lo que fue nuestro durante tanto tiempo y que hoy, aunque en mucha menor medida, podemos seguir viendo, como por ejemplo, cada vez que nos acerquemos a Foncebadón y a su pozo, donde podemos observar una preciosa fervencia.

(El significado de estas palabras y de otras muchas, me lo facilitó Fernando Álvarez-Balbuena, lingüista y profesor de la Universidad de Oviedo).

 

Este artículo ha sido publicado también en el Diario de León y la revista Guiarte.

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